Dos álbumes. Dos experiencias.
Dieciséis canciones en cada álbum, conectadas entre el inglés y el español. Cada uno tiene su propia música, expresión y recorrido.
Dieciséis canciones en cada álbum, conectadas entre el inglés y el español. Cada uno tiene su propia música, expresión y recorrido.
Aún Soy Mío · Chris in Full
Cada canción puede llevar más de uno.
Recorre el álbum completoUn niño nombra lo que los adultos dejan callado. La puerta de Mami y la silla de Abuela acompañan una verdad que ya no espera permiso: amar, mantenerse firme y ofrecer espacio a quien llegue.
Un vampiro quiso que otra persona pudiera amar su vida. Los siglos le enseñan a incluirse en esa protección: descanso, hambre, placer y un no propio. Sus sombras encuentran sitio para bailar sin cerrar el corazón.
Hubo intimidad, conversaciones y afecto; también encuentros ocultos y un daño que continuaba después de ser comprendido. Él elige marcharse sin negar lo que amó, sin cerrar su deseo ni pedir a futuros amores que respondan por esa historia.
Un video a medio hacer, platos que esperan, una risa que aún querría contarle a alguien. Disfruta la tarde sin tener que demostrar nada. La ausencia todavía duele; también hay sitio para una llamada y otro hombre.
Un hombre descubre la libertad que antes llamaba «demasiado»: amantes que se muestran, desconocidos que se ayudan entre el fango, amigos que acercan otra silla. Cuestionar el juicio heredado le permite sumarse y hacer espacio para alguien más.
Frente a quienes miden el valor por posiciones y títulos, dinero o aprobación, una voz reclama tiempo para crear. La ambición se abre al encuentro: otras preguntas, otras miradas y obras capaces de llegar más lejos que quien las imaginó.
Una melodía bonita admite un bajo sucio; una preferencia deja de hacerse pasar por personalidad. Entre bromas, besos y nuevas ganas, cambiar de idea se vuelve un placer elegido. Seguir siendo tuyo incluye probar lo que antes rechazabas.
Tres encuentros exponen lo que una respuesta técnicamente cierta puede dejar fuera: acuerdos convenientes, dobles raseros y promesas de verse. Él puede seguir deseando y pedir la verdad completa; entender una explicación no lo obliga a aceptar sus términos.
La franqueza se vuelve juego, provocación y una elección propia. Entre voces que se contestan, decir el deseo puede acercar, desnudar una ficción o terminar la noche. Irse no vuelve falso lo que quiso; quedarse tampoco le quita el derecho a elegir.
Una boda se interrumpe antes de convertir el amor en posesión. En el diálogo, él y ella comparten deseos, citas y domingos; hasta una canción detestada cambia de sentido. Elegirse con la verdad deja sitio para lo que ambos descubren.
En el diálogo, él y ella confunden la alegría del otro con la ausencia de añoranza. Al preguntarse y responder, descubren que pueden disfrutar sus vidas y extrañarse. Una visita y una llamada sin novedades hacen tangible el deseo de seguir eligiéndose.
Una cita y una página de Platón abren una discusión con el poder que enseña vergüenza. Entre memoria histórica, humor y deseo entre hombres, la canción vuelve a lo cercano: darse la mano y vivir sin pedir autorización.
Una nota inesperada, un hombre que distrae, la silla de mamá o abuela esperando a alguien aún por conocer. El cierre se sabe entero y abierto: puede cumplir su palabra, cambiar de idea y recibir otra vida sin entregar la propia.
Un niño nombra lo que los adultos dejan callado. La puerta de Mami y la silla de Abuela acompañan una verdad que ya no espera permiso: amar, mantenerse firme y ofrecer espacio a quien llegue.
Un vampiro quiso que otra persona pudiera amar su vida. Los siglos le enseñan a incluirse en esa protección: descanso, hambre, placer y un no propio. Sus sombras encuentran sitio para bailar sin cerrar el corazón.
Hubo intimidad, conversaciones y afecto; también encuentros ocultos y un daño que continuaba después de ser comprendido. Él elige marcharse sin negar lo que amó, sin cerrar su deseo ni pedir a futuros amores que respondan por esa historia.
Un video a medio hacer, platos que esperan, una risa que aún querría contarle a alguien. Disfruta la tarde sin tener que demostrar nada. La ausencia todavía duele; también hay sitio para una llamada y otro hombre.
Un hombre descubre la libertad que antes llamaba «demasiado»: amantes que se muestran, desconocidos que se ayudan entre el fango, amigos que acercan otra silla. Cuestionar el juicio heredado le permite sumarse y hacer espacio para alguien más.
Dos hombres se cuentan lo que disfrutaron con otros. La franqueza despierta más deseo, más curiosidad y una invitación concreta: quedarse juntos el resto de la noche. Escuchar la libertad del otro se convierte en una forma de cercanía.
La boca de un hombre interrumpe una lista de certezas. Una sospecha antigua aparece, pero él no obliga a alguien nuevo a responder por otro. La conversación abre deseos que ninguna primera impresión habría permitido imaginar.
Tres encuentros exponen lo que una respuesta técnicamente cierta puede dejar fuera: acuerdos convenientes, dobles raseros y promesas de verse. Él puede seguir deseando y pedir la verdad completa; entender una explicación no lo obliga a aceptar sus términos.
La franqueza se vuelve juego, provocación y una elección propia. Entre voces que se contestan, decir el deseo puede acercar, desnudar una ficción o terminar la noche. Irse no vuelve falso lo que quiso; quedarse tampoco le quita el derecho a elegir.
Una boda se interrumpe antes de convertir el amor en posesión. En el diálogo, él y ella comparten deseos, citas y domingos; hasta una canción detestada cambia de sentido. Elegirse con la verdad deja sitio para lo que ambos descubren.
En el diálogo, él y ella confunden la alegría del otro con la ausencia de añoranza. Al preguntarse y responder, descubren que pueden disfrutar sus vidas y extrañarse. Una visita y una llamada sin novedades hacen tangible el deseo de seguir eligiéndose.
Una cita y una página de Platón abren una discusión con el poder que enseña vergüenza. Entre memoria histórica, humor y deseo entre hombres, la canción vuelve a lo cercano: darse la mano y vivir sin pedir autorización.
El placer ya está en marcha cuando aparece otro hombre: amigos, bajo, sudor y un coro cantado mal. Dos aguas frías, una risa y un beso vuelven la noche más particular. Las caderas reconocen algo que todo él quiere seguir.
Una nota inesperada, un hombre que distrae, la silla de mamá o abuela esperando a alguien aún por conocer. El cierre se sabe entero y abierto: puede cumplir su palabra, cambiar de idea y recibir otra vida sin entregar la propia.
Un vampiro quiso que otra persona pudiera amar su vida. Los siglos le enseñan a incluirse en esa protección: descanso, hambre, placer y un no propio. Sus sombras encuentran sitio para bailar sin cerrar el corazón.
Un hombre descubre la libertad que antes llamaba «demasiado»: amantes que se muestran, desconocidos que se ayudan entre el fango, amigos que acercan otra silla. Cuestionar el juicio heredado le permite sumarse y hacer espacio para alguien más.
Una melodía bonita admite un bajo sucio; una preferencia deja de hacerse pasar por personalidad. Entre bromas, besos y nuevas ganas, cambiar de idea se vuelve un placer elegido. Seguir siendo tuyo incluye probar lo que antes rechazabas.
Dos hombres se cuentan lo que disfrutaron con otros. La franqueza despierta más deseo, más curiosidad y una invitación concreta: quedarse juntos el resto de la noche. Escuchar la libertad del otro se convierte en una forma de cercanía.
La boca de un hombre interrumpe una lista de certezas. Una sospecha antigua aparece, pero él no obliga a alguien nuevo a responder por otro. La conversación abre deseos que ninguna primera impresión habría permitido imaginar.
Tres encuentros exponen lo que una respuesta técnicamente cierta puede dejar fuera: acuerdos convenientes, dobles raseros y promesas de verse. Él puede seguir deseando y pedir la verdad completa; entender una explicación no lo obliga a aceptar sus términos.
La franqueza se vuelve juego, provocación y una elección propia. Entre voces que se contestan, decir el deseo puede acercar, desnudar una ficción o terminar la noche. Irse no vuelve falso lo que quiso; quedarse tampoco le quita el derecho a elegir.
Una boda se interrumpe antes de convertir el amor en posesión. En el diálogo, él y ella comparten deseos, citas y domingos; hasta una canción detestada cambia de sentido. Elegirse con la verdad deja sitio para lo que ambos descubren.
Una cita y una página de Platón abren una discusión con el poder que enseña vergüenza. Entre memoria histórica, humor y deseo entre hombres, la canción vuelve a lo cercano: darse la mano y vivir sin pedir autorización.
El placer ya está en marcha cuando aparece otro hombre: amigos, bajo, sudor y un coro cantado mal. Dos aguas frías, una risa y un beso vuelven la noche más particular. Las caderas reconocen algo que todo él quiere seguir.
Un niño nombra lo que los adultos dejan callado. La puerta de Mami y la silla de Abuela acompañan una verdad que ya no espera permiso: amar, mantenerse firme y ofrecer espacio a quien llegue.
Hubo intimidad, conversaciones y afecto; también encuentros ocultos y un daño que continuaba después de ser comprendido. Él elige marcharse sin negar lo que amó, sin cerrar su deseo ni pedir a futuros amores que respondan por esa historia.
Frente a quienes miden el valor por posiciones y títulos, dinero o aprobación, una voz reclama tiempo para crear. La ambición se abre al encuentro: otras preguntas, otras miradas y obras capaces de llegar más lejos que quien las imaginó.
Dos hombres se cuentan lo que disfrutaron con otros. La franqueza despierta más deseo, más curiosidad y una invitación concreta: quedarse juntos el resto de la noche. Escuchar la libertad del otro se convierte en una forma de cercanía.
La boca de un hombre interrumpe una lista de certezas. Una sospecha antigua aparece, pero él no obliga a alguien nuevo a responder por otro. La conversación abre deseos que ninguna primera impresión habría permitido imaginar.
Tres encuentros exponen lo que una respuesta técnicamente cierta puede dejar fuera: acuerdos convenientes, dobles raseros y promesas de verse. Él puede seguir deseando y pedir la verdad completa; entender una explicación no lo obliga a aceptar sus términos.
La franqueza se vuelve juego, provocación y una elección propia. Entre voces que se contestan, decir el deseo puede acercar, desnudar una ficción o terminar la noche. Irse no vuelve falso lo que quiso; quedarse tampoco le quita el derecho a elegir.
En el diálogo, él y ella confunden la alegría del otro con la ausencia de añoranza. Al preguntarse y responder, descubren que pueden disfrutar sus vidas y extrañarse. Una visita y una llamada sin novedades hacen tangible el deseo de seguir eligiéndose.
Una cita y una página de Platón abren una discusión con el poder que enseña vergüenza. Entre memoria histórica, humor y deseo entre hombres, la canción vuelve a lo cercano: darse la mano y vivir sin pedir autorización.
Una nota inesperada, un hombre que distrae, la silla de mamá o abuela esperando a alguien aún por conocer. El cierre se sabe entero y abierto: puede cumplir su palabra, cambiar de idea y recibir otra vida sin entregar la propia.
Un niño nombra lo que los adultos dejan callado. La puerta de Mami y la silla de Abuela acompañan una verdad que ya no espera permiso: amar, mantenerse firme y ofrecer espacio a quien llegue.
Un hombre descubre la libertad que antes llamaba «demasiado»: amantes que se muestran, desconocidos que se ayudan entre el fango, amigos que acercan otra silla. Cuestionar el juicio heredado le permite sumarse y hacer espacio para alguien más.
Frente a quienes miden el valor por posiciones y títulos, dinero o aprobación, una voz reclama tiempo para crear. La ambición se abre al encuentro: otras preguntas, otras miradas y obras capaces de llegar más lejos que quien las imaginó.
Una cita y una página de Platón abren una discusión con el poder que enseña vergüenza. Entre memoria histórica, humor y deseo entre hombres, la canción vuelve a lo cercano: darse la mano y vivir sin pedir autorización.
Un vampiro quiso que otra persona pudiera amar su vida. Los siglos le enseñan a incluirse en esa protección: descanso, hambre, placer y un no propio. Sus sombras encuentran sitio para bailar sin cerrar el corazón.
Una melodía bonita admite un bajo sucio; una preferencia deja de hacerse pasar por personalidad. Entre bromas, besos y nuevas ganas, cambiar de idea se vuelve un placer elegido. Seguir siendo tuyo incluye probar lo que antes rechazabas.
La franqueza se vuelve juego, provocación y una elección propia. Entre voces que se contestan, decir el deseo puede acercar, desnudar una ficción o terminar la noche. Irse no vuelve falso lo que quiso; quedarse tampoco le quita el derecho a elegir.
El placer ya está en marcha cuando aparece otro hombre: amigos, bajo, sudor y un coro cantado mal. Dos aguas frías, una risa y un beso vuelven la noche más particular. Las caderas reconocen algo que todo él quiere seguir.
Una nota inesperada, un hombre que distrae, la silla de mamá o abuela esperando a alguien aún por conocer. El cierre se sabe entero y abierto: puede cumplir su palabra, cambiar de idea y recibir otra vida sin entregar la propia.
Un video a medio hacer, platos que esperan, una risa que aún querría contarle a alguien. Disfruta la tarde sin tener que demostrar nada. La ausencia todavía duele; también hay sitio para una llamada y otro hombre.
Un hombre descubre la libertad que antes llamaba «demasiado»: amantes que se muestran, desconocidos que se ayudan entre el fango, amigos que acercan otra silla. Cuestionar el juicio heredado le permite sumarse y hacer espacio para alguien más.
Una boda se interrumpe antes de convertir el amor en posesión. En el diálogo, él y ella comparten deseos, citas y domingos; hasta una canción detestada cambia de sentido. Elegirse con la verdad deja sitio para lo que ambos descubren.
En el diálogo, él y ella confunden la alegría del otro con la ausencia de añoranza. Al preguntarse y responder, descubren que pueden disfrutar sus vidas y extrañarse. Una visita y una llamada sin novedades hacen tangible el deseo de seguir eligiéndose.
El placer ya está en marcha cuando aparece otro hombre: amigos, bajo, sudor y un coro cantado mal. Dos aguas frías, una risa y un beso vuelven la noche más particular. Las caderas reconocen algo que todo él quiere seguir.
Una nota inesperada, un hombre que distrae, la silla de mamá o abuela esperando a alguien aún por conocer. El cierre se sabe entero y abierto: puede cumplir su palabra, cambiar de idea y recibir otra vida sin entregar la propia.